Este texto recoge lo que explicó la Dra. Carla Campusano, especialista en neurolingüística y psicopedagogía, en una sesión con la fundación. Puedes verla completa al final.
El concepto de neurodivergencia cambió la manera de entender el desarrollo y el aprendizaje. En lugar de leer las variaciones del cerebro como “enfermedades” o “defectos” que hay que “curar”, se asumen como variaciones naturales en el funcionamiento neurológico: un cerebro que procesa, aprende y percibe el entorno de una manera distinta a la que se considera típica.
La Organización Mundial de la Salud las clasifica formalmente como trastornos del neurodesarrollo dentro de la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11): afecciones cognitivas y del comportamiento que aparecen durante el desarrollo y que traen dificultades para adquirir y ejecutar funciones intelectuales, motoras, lingüísticas o sociales.1
TDAH: déficit de atención con o sin hiperactividad
Es uno de los trastornos del neurodesarrollo más frecuentes en la escuela y en casa. También uno de los que más mitos arrastra.
No todos son hiperactivos
El error más común en el aula es dar por hecho que todo niño con déficit de atención es inquieto e incapaz de quedarse quieto. Un niño puede presentar TDA sin hiperactividad: se distrae con facilidad ante cualquier estímulo y necesita que un adulto lo guíe constantemente para terminar una tarea, pero se queda sentado.
Quienes sí tienen hiperactividad suelen aprender de forma kinestésica: aprenden moviéndose. Aunque no tomen apuntes ni mantengan una postura quieta, captan la información y responden bien cuando se les pregunta.
Para ellos la recomendación no es exigirles quietud, sino aplicar ajustes razonables: cuando terminan rápido una actividad, darles otra en vez de dejar que el tiempo libre se convierta en distracción o en interrupción a sus compañeros.
Antes de pensar en TDAH, descartar ansiedad y depresión
Es frecuente que la escuela etiquete rápido al niño inquieto o desatento y sugiera de inmediato llevarlo al neurólogo para medicarlo. Una evaluación psicopedagógica formal existe justamente para evitar ese salto.
Muchos niños que no ponen atención en clase están atravesando ansiedad o depresión, y esos estados reducen de forma drástica la concentración y la memoria. Confundir un cuadro emocional con uno neurológico lleva a tratamientos farmacológicos que no hacían falta.
Cuándo observar y cuándo diagnosticar
- Entre los 3 y los 4 años ya se pueden observar y registrar comportamientos atípicos. Pero a esa edad no se recomienda medicar ni canalizar al neurólogo de inmediato: el sistema neurológico sigue madurando. Lo que corresponde es estimulación constante en casa, en la escuela y en terapia, para ver cómo responde.
- Entre los 7 y los 8 años hay madurez suficiente para que el niño responda de forma confiable a baterías psicométricas y psicopedagógicas detalladas.
El orden correcto
Conviene hacer la evaluación psicopedagógica completa antes de acudir al neuropediatra. Así el médico puede contrastar los resultados cognitivos con su propia exploración clínica y decidir con más información si el medicamento hace falta.
Las guías clínicas coinciden en que el tratamiento farmacológico nunca debería ser la única vía: va acompañado de intervención psicosocial y terapéutica sostenida.1
TEA: trastorno del espectro autista
Según la OMS, el TEA reúne un conjunto diverso de afecciones del desarrollo cerebral que afectan la comunicación social y la interacción recíproca, con patrones de comportamiento inflexibles o restrictivos.2
Clasificaciones anteriores como el “síndrome de Asperger” hoy están unificadas dentro del espectro. Lo que define el nivel no es la etiqueta, sino cuánto apoyo necesita la persona.
- Grado 1. Coeficiente intelectual promedio o superior. Se comunican, pero les cuesta iniciar interacciones, interpretar el lenguaje no verbal y hacer amigos. Suelen tener retos importantes de procesamiento sensorial —hipersensibilidad a luces, ruidos, texturas o sabores— que se trabajan con terapia de integración sensorial.
- Grado 2. Dificultades evidentes en la comunicación verbal y no verbal, con respuestas limitadas o atípicas. Conductas repetitivas marcadas y mucha resistencia a los cambios de rutina, que les disparan la ansiedad.
- Grado 3. Comunicación social muy limitada; responden solo a estímulos muy directos. Requieren supervisión y apoyo constantes. Cualquier cambio imprevisto genera angustia extrema, por lo que anticiparles siempre lo que va a pasar es parte del cuidado.
Sobre el entorno educativo
Las metodologías activas como Montessori suelen funcionar bien dentro del espectro. No es casualidad: María Montessori desarrolló su método trabajando con niños con discapacidades del desarrollo. El énfasis en la autonomía, el ritmo propio y el aprendizaje multisensorial ofrece un entorno estructurado y amable.
Trastornos específicos del aprendizaje
No tienen que ver con la inteligencia. Aprender requiere que la información se reciba, se procese, se acomode y después se evoque y se aplique. Cuando esa cadena se interrumpe en algún punto, se afectan áreas académicas concretas, sin que eso diga nada sobre la capacidad de la persona.
Los tres más frecuentes en el aula:
- Dislexia. Dificultad para leer, reconocer palabras y conectar los sonidos del habla con las letras. Puede aparecer como escritura en espejo, saltarse renglones o confundir letras de grafía parecida —escribir “dede” en lugar de “bebe”—. Si no se corrige a edad temprana, tratarla en la adolescencia se vuelve mucho más difícil.
- Disgrafía. Afecta la escritura y la ortografía: trazos lentos, desordenados y a menudo ilegibles.
- Discalculia. Dificultad persistente para entender conceptos matemáticos básicos, aprender secuencias numéricas y resolver problemas. En adultos se nota, por ejemplo, al transponer números: buscar el 63 de una calle en lugar del 36.
Discapacidad intelectual
Se caracteriza por limitaciones significativas tanto en el funcionamiento intelectual como en la conducta adaptativa, y afecta el desarrollo global. Los niveles se describen por el apoyo que requiere la persona:
- Leve. Dificultades en lectoescritura, matemáticas y pensamiento abstracto; memoria a corto plazo limitada; cuesta autorregular emociones; el lenguaje suele percibirse inmaduro.
- Moderado. El lenguaje y el aprendizaje van lentos. Hay dificultades notables de interacción social y se requiere supervisión y entrenamiento continuo para lograr autonomía en cosas básicas: comer, vestirse, higiene.
- Grave y profundo. Habilidades muy reducidas y lenguaje hablado muy limitado o nulo, por lo que se recurre a comunicación aumentativa —gestos o pictogramas—. Hay dependencia permanente de cuidadores.
Sobre la inclusión laboral. Al llegar a cierta edad es indispensable orientar a los jóvenes hacia un aprendizaje práctico que les dé independencia. Los Centros de Atención Múltiple (CAM Laboral) los capacitan en oficios adaptados a sus habilidades —costura, electricidad, preparación de alimentos— y eso facilita su inserción social y económica.
Las cinco áreas del desarrollo temprano
Para saber si un niño está alcanzando su potencial entre el primer año y los 5 o 6, la psicopedagogía evalúa y estimula cinco áreas:
- Adaptativa. Autonomía diaria: alimentación, vestido, higiene, resolver problemas prácticos.
- Personal-social. Interactuar, expresar emociones, hacer amigos, regular la conducta social.
- Motora fina. Coordinación de músculos pequeños: manipular con precisión, dibujar, empezar a escribir.
- Motora gruesa. Coordinación corporal, equilibrio, fuerza: caminar, correr, saltar.
- Lenguaje. Comprender instrucciones y expresarse.
Lo que más daño hace es esperar
Ante la sospecha de una neurodivergencia, el mayor riesgo es no hacer nada, casi siempre bajo la idea de que el niño “está muy pequeño” y que “se le va a quitar solo”. Sin estimulación constante y estructurada, la dificultad no se disuelve: se agrava.
La escuela suele ser el lugar donde estas dificultades se hacen visibles, pero el trabajo no puede recaer solo ahí. Cuando el terapeuta, la escuela y la familia van de la mano, el avance es notablemente más rápido — y se previenen los problemas que vienen después: la autoestima golpeada, la frustración, la exclusión.
Actuar a tiempo cambia el pronóstico. El tiempo, aquí, vale mucho.
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Fuentes
- Organización Mundial de la Salud, «Trastornos mentales», y Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), capítulo de trastornos del neurodesarrollo.
- Organización Mundial de la Salud, «Trastornos del espectro autista».
- Asociación Americana de Psiquiatría, Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, quinta edición (DSM-5), capítulo de Trastornos del Neurodesarrollo.
Este texto es informativo y no sustituye una evaluación profesional. Si algo de lo que leíste aquí te resuena con lo que ves en tu hijo o hija, busca a una persona especialista en psicopedagogía o neurodesarrollo.
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